Siempre que hablo de Pier Giorgio Frassati, me siento obligado a hacer una aclaración preliminar: el aspecto más interesante de su santidad reside en su correspondencia. Sus palabras, libres de mediación biográfica, conmueven el corazón de los jóvenes de hoy, incluso cien años después de su muerte, porque nos ayudan a redescubrir que la santidad está ligada a la normalidad y a la plenitud de una vida auténtica. Y así es como podemos cultivar el deseo de imitarlo: no tanto para parecer más santos, sino para ser más humanos.
Al profundizar en las cartas que Pier Giorgio escribió a amigos y familiares, sacerdotes, profesores e incluso mineros, se descubre una historia vivida a través del estudio diario, la caridad y las relaciones cultivadas durante frecuentes caminatas por la montaña; una santidad que habla de una profunda relación con el Señor, expresada a través de la generosidad y la autenticidad de sus gestos. Pier Giorgio vivió una fe entrelazada con gestos evangélicos de servicio y caridad hacia los pobres, pero también en la búsqueda espiritual del bien y la justicia. Supo dedicar no solo una pequeña parte de su tiempo, sino todo lo que tenía, al servicio de los más pobres y vulnerables, porque Pier Giorgio comprendió que la santidad implica saber ejercer la propia humanidad con sabiduría.
Es un ejemplo poderoso, que hace concreto su perfil de santidad e ilumina nuestra llamada: en un tiempo en el que la participación parece difícil, dispersa y a veces resignada, la vida de Pier Giorgio nos ofrece un mapa precioso para reinterpretar la fe, la política y la cultura como espacios en los que vivir como cristianos adultos y corresponsables.
La fe como corresponsabilidad eclesial
Frassati nos muestra una fe que no se limita a la devoción privada, sino que encuentra su inspiración en la vida de la Iglesia. Miembro de la Federación Italiana de Estudiantes Universitarios Católicos (FUCI), de la Acción Católica y de las Conferencias de San Vicente de Paúl, fue un joven laico comprometido y creíble. Su participación eclesial fue un compromiso consciente y generador que nos recuerda que si la sinodalidad es el camino que el Señor indica a su Iglesia para el tercer milenio, hoy no necesitamos «colaboradores», sino laicos que sientan la responsabilidad de la corresponsabilidad. Laicos capaces de llevar, junto a los pastores, la carga y la alegría del mensaje con humildad e inteligencia.
La política como forma elevada del amor
Una fe responsable, por tanto, no puede sino estar abierta a la realidad social y en sintonía con las tensiones que habitan en los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Pier Giorgio estaba tan convencido de ello que, con tan solo veinte años, le confió a Louise Rahner, madre de los teólogos jesuitas Hugo y Karl: «Quiero poder ayudar a mi pueblo en todo, y puedo hacerlo mejor como laico que como sacerdote». Por ello, sus decisiones de vida siempre han sido políticas, empezando por su decisión de estudiar ingeniería para poder servir a «Cristo entre los mineros».
Pier Giorgio amaba a los pobres y anhelaba compartir su destino: sentía el abatimiento de los marginados de su tiempo a través del latido de Dios. Por eso se indignó, se pronunció y protestó contra el fascismo. Su caridad nunca fue un simple acto de filantropía, sino siempre una respuesta al reconocimiento de su salvación por un Dios que deseaba llegar a todos. Y para un laico como él, este mensaje se transmitía a través de la política, la exigencia de justicia y un valiente compromiso con la verdad. En una época en la que el compromiso cívico parece externalizado, Frassati nos recuerda que la ciudad forma parte de nuestra vocación laical, un compromiso esencial para nuestra fe. Porque educar para la participación significa formar conciencias, no solo opiniones.
La cultura como forma de vida
Pier Giorgio no fue un estudiante especialmente brillante, pero sí tenaz. Hijo del dueño de La Stampa, atento a todas las voces, hasta el punto de estar suscrito a casi todos los periódicos católicos del país, Pier Giorgio veía la cultura como una herramienta de libertad. Leía, viajaba y debatía, recorriendo y experimentando la Europa que emergió de la Primera Guerra Mundial con su inquieta inteligencia espiritual. Hoy, cuando las escuelas y universidades corren el riesgo de centrarse en el rendimiento en lugar de en la educación, Frassati nos ayuda a redescubrir el profundo significado del estudio: habitar el mundo con espíritu crítico, estudiando para construir un futuro donde cada persona tenga cabida, donde cada vida sea valorada, contribuyendo a la construcción de un planeta donde la guerra pueda ser erradicada.
Frassati: un santo de al lado
En las cartas de Pier Giorgio, descubrimos su profundo compromiso y, al mismo tiempo, a un joven normal, irónico, apasionado, imperfecto y, por lo tanto, profundamente relevante. Un santo, un hombre que nos invita a ser interpelados. Su canonización, el 7 de septiembre, será una oportunidad para cuestionarnos: su vida, concentrada en tan solo 24 años, nos recuerda que no debemos esperar el momento oportuno para arriesgarnos. La santidad empieza hoy, con quiénes somos, dónde nos encontramos.
Publicado el 4 de julio en accióncatolica.it