
La angustia de la familia se transforma rápidamente en asombro. Cuando la noticia de la muerte de Pier Giorgio se difundió por Turín, comenzó una increíble peregrinación a su lecho de muerte. Jóvenes, viejos, hombres, mujeres, ricos, pobres, visitan a su "amigo". Una hilera de rostros desconocidos, de personas que quieren a ese joven bueno y generoso, del que muchas veces o incluso sólo una vez han recibido una palabra, una sonrisa, una ayuda.
La multitud que asistió a su funeral el 6 de julio fue inmensa. No se le recuerda por su ilustre apellido: muchos sólo ahora han descubierto que Pier Giorgio es un Frassati. Saben de él lo que han visto u oído: su humildad, su entrega, el bien que hizo, su fe transparente.
En este día Pier Giorgio comienza a revelarse. Incluso aquellos que estaban más cerca de él ahora se están dando cuenta de lo que no podían ver con claridad.
Poco a poco van saliendo a la luz todos los trozos de su vida, y nos damos cuenta de que forman un mosaico de impresionante testimonio cristiano.
Gracias al compromiso de los amigos y especialmente de Luciana Frassati, que se dedicó a recoger testimonios sobre su hermano y publicó volúmenes enriquecidos con sus preciosos recuerdos personales, la figura de Pier Giorgio se define cada vez más con el tiempo con toda su complejidad y belleza.
Muchos jóvenes toman a Pier Giorgio como referencia: su vida es elocuente y llena de sugerencias para quienes viven la tensión de testimoniar al mundo el amor de Cristo muerto y resucitado por los hombres.
Frassati es cristiano, su objeción consiste únicamente en serlo de manera absolutamente espontánea, como si esto fuera una cosa espontánea de todos. La fuerza y el coraje para ser lo que es no lo saca de la oposición a la generación de sus padres, no de un diagnóstico y pronóstico de la cultura de la época o de cosas parecidas, sino de la misma realidad cristiana: que Dios existe, que lo que nos sostiene es la oración, que el sacramento alimenta lo eterno en el hombre, que todos los hombres son hermanos. [...] Aquí se percibe de modo misterioso que la gracia de Dios no es algo que se pueda deducir: de repente uno vuelve a ser cristiano, allí donde el ambiente llevaba a pensar que tal cosa ya pertenecía al pasado. [...]
Hasta donde nosotros, que no podemos ejercer de jueces, podemos saber, estamos aquí ante un hombre que vivió su cristianismo con una naturalidad que casi asusta y con una naturalidad aproblemática que sorprende y casi invita (en realidad sumergió sus problemas, quizá llorando, en la gracia de la fe): rezar, comer el pan de vida y de muerte, amar al prójimo.
Karl Rahner SJ, Introducción a Luciana Frassati, Pier Giorgio Frassati. Los días de su vida