La revelación

6 de julio de 1925, Turín. El funeral de Pier Giorgio.

La angustia de la familia se transforma rápidamente en asombro. Cuando la noticia de la muerte de Pier Giorgio se difundió por Turín, comenzó una increíble peregrinación a su lecho de muerte. Jóvenes, viejos, hombres, mujeres, ricos, pobres, visitan a su "amigo". Una hilera de rostros desconocidos, de personas que quieren a ese joven bueno y generoso, del que muchas veces o incluso sólo una vez han recibido una palabra, una sonrisa, una ayuda.

La multitud que asistió a su funeral el 6 de julio fue inmensa. No se le recuerda por su ilustre apellido: muchos sólo ahora han descubierto que Pier Giorgio es un Frassati. Saben de él lo que han visto u oído: su humildad, su entrega, el bien que hizo, su fe transparente.

En este día Pier Giorgio comienza a revelarse. Incluso aquellos que estaban más cerca de él ahora se están dando cuenta de lo que no podían ver con claridad.

Poco a poco van saliendo a la luz todos los trozos de su vida, y nos damos cuenta de que forman un mosaico de impresionante testimonio cristiano.

Gracias al compromiso de los amigos y especialmente de Luciana Frassati, que se dedicó a recoger testimonios sobre su hermano y publicó volúmenes enriquecidos con sus preciosos recuerdos personales, la figura de Pier Giorgio se define cada vez más con el tiempo con toda su complejidad y belleza.

Muchos jóvenes toman a Pier Giorgio como referencia: su vida es elocuente y llena de sugerencias para quienes viven la tensión de testimoniar al mundo el amor de Cristo muerto y resucitado por los hombres.

Frassati es cristiano, su objeción consiste únicamente en serlo de manera absolutamente espontánea, como si esto fuera una cosa espontánea de todos. La fuerza y ​​el coraje para ser lo que es no lo saca de la oposición a la generación de sus padres, no de un diagnóstico y pronóstico de la cultura de la época o de cosas parecidas, sino de la misma realidad cristiana: que Dios existe, que lo que nos sostiene es la oración, que el sacramento alimenta lo eterno en el hombre, que todos los hombres son hermanos. [...] Aquí se percibe de modo misterioso que la gracia de Dios no es algo que se pueda deducir: de repente uno vuelve a ser cristiano, allí donde el ambiente llevaba a pensar que tal cosa ya pertenecía al pasado. [...]

Hasta donde nosotros, que no podemos ejercer de jueces, podemos saber, estamos aquí ante un hombre que vivió su cristianismo con una naturalidad que casi asusta y con una naturalidad aproblemática que sorprende y casi invita (en realidad sumergió sus problemas, quizá llorando, en la gracia de la fe): rezar, comer el pan de vida y de muerte, amar al prójimo.

 

Karl Rahner SJ, Introducción a Luciana Frassati, Pier Giorgio Frassati. Los días de su vida